La vainillas

El otro día, en un post de Noemí Casquet sobre la lluvia dorada, leí un comentario que ponía: “no apto para vainillas”.

Nunca había oído ese término, pero mucho me temía que hablara de mí.

Según la Wikipedia : “Sexo vainilla es el nombre que, dentro del argot de la subcultura BDSM, se aplica al llamado sexo convencional. Más en general, es el nombre que reciben las conductas sexuales que caen dentro del rango de normalidad para una dada cultura o subcultura, y se refiere generalmente a las conductas sexuales que no incluyen elementos de BDSM, parafilias, kinks o fetichismos. El término se usa también en forma peyorativa, y en ese sentido indica sexo “poco osado” o “aburrido“.

Pues sí queridas, no quiero que me meen encima; prefiero algo convencional.

O pensándolo mejor: no, no quiero lo normal, porque lo normal es follar sin dejarte la piel ni el alma. Lo normal es una masturbación mutua, un descargarse o –desgraciadamente- hasta un “no tengo ganas de hacerlo pero me toca satisfacer a mi marido”.

Lo convencional, volviendo a tirar de Wikipedia, significa que reúne las características de lo que es habitual o tradicional. Yo no sé si mi madre o mi abuela saben de purpurina. Pero si sé que la purpurina no es lo habitual –muy a mi pesar- y que de aburrida tiene lo que yo de virgen.

Así pues, técnicamente no soy una vainillas. Ni siquiera me gusta la vainilla. Pero he de reconocer que me mola el término. Y viniendo de donde viene, me puedo hasta reafirmar en él.

Porque muchas vueltas tiene que dar la vida para que me pueda gustar hacer o que me hagan daño, o que me caguen encima. Ninguna necesidad.

Si lo piensas bien, tanto meterse con Disney y esto vendría a ser un poco el puto amor romántico enfrascado en un sexo muy de liberales y modernis: “Me gusta hasta tu mierda” “Haz lo que quieras conmigo”. Me horroriza, la verdad. ¡Si a mí no me gusta ni que me cojan la cabeza mientras…ya sabes! Para mí es eso ser libre, no que me azoten.

Y si soy vainillas me da igual. También me llamaban puta en el cole. Al final es la misma mierda queriendo coartar mi libertad sexual.

Y es que no es más libre quien más prácticas sexuales realiza, ni con más personas, ni con más géneros… es más libre quien más se respeta dentro de lo que realmente le llena. Y tan bien está el que necesita pinzas eléctricas para correrse como la que necesita que le miren a los ojos y le digan te amo (lo de que te caguen encima ya me cuesta más, so sorry).

Al final la libertad es libertad para elegir, es abrir un abanico de posibilidades pero no necesariamente cogerlas todas, sino las que a ti te vayan bien en cada momento. Y sí, tantas veces en el sexo como en la vida, se trata de ensayo y error, de descubrirnos, de reinventarnos.

Puedes incluso probar todos los sabores de la heladería y, finalmente, quedarte con la vainilla.

O no.

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