¿Me he cagado?

Puede.

Tras un borrador, muchas horas de escritura y reescritura. Los lectores betas que elegí para testar el resultado de “La Ruta de la Purpurina” coincidieron en dos cosas:

1. La historia era buena y tenía mucho que aportar.

2. Había demasiada información imposible de retener.

Uno de ellos me llegó a decir que había metido tres libros en uno, lo cual acababa siendo una locura. Un ritmo frenético, difícil de seguir, que no permitía al lector sumergirse en mi interior a observar el paisaje. Vale que yo soy así de impulsiva y expansiva, pero también purgante; tenía que poder acompañar a la persona que lo leyera a mis recovecos más profundos y, para ello, como en la vida, debía de hacer un Marie Kondo y priorizar.

Pese al trabajo que se me giraba, quedé motivada con el feedback. Pero en breve me vine abajo. El puto covid me dejó en bragas, sin ánimo ni energías. Y aún, un mes largo después, me está costando remontar. ¡Hacía tanto tiempo que no me sentía tan oxidada por dentro! Creo que desde antes de separarme, cuando iba a rastras con la maternidad y la reincorporación al trabajo. Un asco. Porque encima entras en una rueda maldita difícil de romper: no tienes pilas, vas a mínimos, te cuidas menos; te sientes peor.

El tema es que no encontraba momento para sentarme a escribir. Solo un día me puse. Pero para hacer el segundo borrador se necesitan muchos de esos, y se me empezó a hacer bola el asunto, porque además tampoco tenía del todo claro cómo iba a enfocar los cambios, así que era cuestión de probar y de suerte. Y eso, a estas alturas de la película, se me hacía cuesta arriba.

Vale que no estoy a tope de power. Vale que no tengo claro por dónde tirar para hacer el libro menos catártico y más relajao. Pero tampoco es menos cierto que el bicho me quitó ese poderío que llevaba encima, me vi en bragas y olía un poco. Podría ser que, para más inri, me hubiera cagado. 

Y digo podría ser porque realmente no soy capaz de saberlo.

El tufo podría venir fácilmente de la falta de ánimo e ilusión de la fatiga postcoviana, pero lo cierto es que cuando estás así de floja, se cuece el caldo de cultivo ideal para que los miedos campen a sus anchas. Así que van tan de la mano que no sé delimitar; como pasa con el buen sexo, que no sabes dónde acaba uno y empieza el otro.

Morriña. En fin…Prosigamos queridas.

¿El puto síndrome del impostor había ganado otra vez? Porque os recuerdo que ya me pasó una vez, que me rajé y guardé el libro casi diez años en un cajón. Ahora creo que no me vais a dejar hacerlo por tanto tiempo y confío en que volverá a mí ese chorro de entusiasmo que me lleve a ponerle punto y final a la obra. Y pasará sin forzar, de manera natural, como lo que irremediablemente debe pasar.

Mientras, yo seguiré escribiendo. Todo lo que pueda.Para que la vida sepa que no tiro la toalla, que quiero más de esto.

Porque al final la vida es como un jardín donde solo florece lo que riegas.

Pero las flores no florecen cuanto más las riegas. Florecen cuando les toca.

Y está bien. Por mucho que tengamos que ser productivas sin cesar, está bien. Podemos parar, incluso cagarnos por la pata abajo. Lo que no podemos hacer nunca es renunciar a nuestros sueños. Eso sí que no. Y aquí me pongo seria. Porque llevo mucho tiempo dándole vueltas al tema del deseo y creo que he encontrado el quid de la cuestión gracias al libro “El propósito de tu vida eres tú”, de Manuel Márquez. 

Sabéis que hace años me acerqué al mundo espiritual, me fui a un ashram en la India en plan “Come, reza, ama” y me adentré también un poco en el budismo y sus enseñanzas. Aparte de que los dogmas hacían más mal que bien a mi paz interior, el tema de no desear me chirriaba, tanto que casi nos echan de un retiro a mi Leti y a mí por cuestionar el deseo de comer un trozo de pastel, porque parecía que si sucumbías a él, vendías tu alma al diablo; y eso nos recordaba mucho al Dios de las Barbas castigador y nos nos gustaba un pelo.

Es cierto que hay que tener cuidado con los deseos (ya hablé de eso este artículo https://habitandopalabras.com/?p=901, pero en lo que tiene que ver con su apego, no con su intensidad. Esto lo deja muy claro Manuel Márquez en el libro:hay que desear fuerte y continuado, porque solo podemos conquistar nuestro propósito a través del deseo. Un deseo enfocado a aceptar la realidad que queremos en todas sus facetas, no solo en las que nos interesan ¡OJO!

Y sí, el puto covid me puso la zancadilla a traición y me fui al suelo de boca, pero como mi deseo se alberga en el corazón, sigue intacto y latente.

PD: Os hablaré más de este libro porque consiguió hacer un clic en mí. No es que todo lo que dice me abriera un mundo: hay cosas que firmo, otras que me sorprenden, otras que cuestiono y otras que no estoy de acuerdo. Ojalá mi libro consiga remover de esa manera. Lo deseo fuerte.

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