Capullos II. Adam.

Hoy os vengo a hablar del primer tío que conocí en Tinder, que no tengo más remedio que colocarlo en la saga “capullos”. Os cuento y me decís si no.

Año 2016. Recién separada del padrísimo. Entro en la app y empiezo a chatear con un chico que se llamaba Adam. Quedamos para tomar algo en pleno Passeig de Gràcia y muy bien. Yo a media tarde tenía hora para hacerme el láser; quería aprovechar la visita al centro y tampoco quería hacer la cita muy larga por si acaso. Pero acabamos repitiendo tan pronto me acabé de depilar.

Era un tío corpulento, con media melena y atractivo. Mucho. Nos pusimos a hablar de un montón de cosas y mi cabeza iba desconectando pensando: ¿Y por qué no me besa? ¿Por qué no me besa? Sabía que le gustaba porque me había esperado,  pero no me besaba y yo ya no recordaba cómo era que surgía el primer beso. Así que seguía como el burro de Shrek interiormente, hasta que lo interrumpí con una pregunta que será memorable en mi historia.

Perdona… ¿te puedo besar?

—Sí, claro. Dijo impactado

Sé que quedé un poco de pardilla, pero me daba igual, la verdad. Para esas cosas me sobra morro. Para otras me falta.

Me llevó a mi casa en su super moto (no entiendo de motos, no me suelen gustar, pero esta era preciosa, elegante e incluso morbosa). Durante el trayecto empezó a llover fuerte; tan fuerte como me cogía de él, tan fuerte como el deseo iba creciendo en mí. Nos miraba mojados en el reflejo del autobús y me ponía a mil. Estos cuerpos empapados y adosados…

Así pues, quedamos para el sábado y estaba claro lo que iba a suceder. Pero ya no hablamos más durante toda la semana y yo el sábado me rayé y le dije que no quería quedar, que me parecía muy frío todo. Se enfadó y me dijo que si yo era de las que querían que se quedara a dormir.

¿Perdona? Pues claro, para mí es lo normal.

Tuvimos un rifirrafe en el que yo me sentí vulnerable. ¿Y qué hice? Sacar la armadura. ¿Con quién se creía este imbécil que se había topado? ¿con una enamoradiza blandengue? “Va a flipar”- me dije mientras desenvolvía mi hacha de guerra y me caía en el pie, haciéndome pupita, y obligándome a ir a terapia.

Me desestabilicé muy mucho. Pues yo estaba en plena recontrucción de mí misma tras la separación, tras la maternidad. ¿Dónde quedaba ahora mi Afrodita?

Cierto es que para mí era lo normal quedarse a dormir tras el acto sexual. Pero a parte ,es que yo «necesitaba» que fuera así, y eso me hacía sentir vulnerable. Y esto, no me gustaba nada.

Intentamos quedar esa misma noche los dos con nuestras mejores corazas, pero no encontramos un puto hotel, ni siquiera los picadero style, pues era el concierto de Bruce Springsteen en la ciudad condal. Para no sentir el dolor de mi vulnerabilidad me enfundé el traje de Samantha, a prueba de balas.

Unas semanas después vino una amiga de la terreta a Barcelona y aprovechó para verse también con unos amigos de Tarragona, así que fuimos todos juntitos a comer a un gallego. Yo, pese a todo, me seguía chateando con Adam, o eso creía yo, pues por casualidades de la vida me dice la chica esta de Tarragona que tenía al lado: “¿Tía, me puedes enseñar esa foto?” Le enseño la foto de Whatsapp de él y se lía.

Resulta que no se llamaba Adam, pues lo conocían y muy bien. Eran amigos. Todos flipando. Agüita salá.

Evidentemente le mandé una foto con sus amigos y alucinó in colours.

Me gustan tanto las coincidencias que no podía cerrar esta historia ahí y ya.  Así que una tarde, hecha yo mi terapia y a sabiendas que era un capullo integral -pero no un descuartizador-, fui a su casa. Al fin y al cabo la atracción seguía intacta y tenía la expectativa de que me follaría como a una reina. Pero nada más lejos de la realidad, aunque sí que salí de allí sintiéndome como una reina. Me daba miedo no poder dejarme ir, disociarme, estar todo el rato en la puta mente, bloquearme…no poderlo disfrutar. ¡Hacía tanto que no tenía sexo con desconocidos! Pero lo cierto es que pude connectar conmigo y él estaba tan entusiasmado que me sentí la puta ama.

Acto seguido le bloqueé.

Fue puro orgullo leonino. Samantha me poseyó.

Y seguramente no debería estar orgullosa de mi actuación. Pero es verdad que aprendí mucho con esta breve historia.

Aprendí sobre mi vulnerabilidad. 

Me sentía inferior por necesitar conectar con el otro íntimamente y no ser solo desde la superficialidad de los cuerpos.

Opiniones ajenas me llegaron a dar duro al respecto. Pues yo había perdido mi centro. Bueno, más bien había renunciado a él, al no querer sentirme. Y no podía evitar sentirme inferior por no querer tener sexo sin más. Samantha había sido mi armadura pero debía morir, aunque el duelo me costaría lo suyo.

Ese sentimiento horrible de “quiero ser lo que no soy” duró lo que tardé en aceptarme, sin juicios ni látigos.

Curiosamente cambiaron cosas, pude ver en esa necesidad de quedarse a dormir una evitación de mi herida de abandono que al trabajarla se esfumó. Pero no las ganas de conectar desde el corazón en los encuentros íntimos. Y eso que acusaba como “debilidad”, con el tiempo y más terapia se convirtió en mi fortaleza. Y abrió una etapa sexual diferente en mi vida, donde el acto sexual no es solo placer; es amor, es presencia, es no mente y a veces incluso una unión cósmica. 

También he tenido algún aquí te pillo aquí te mato memorable. Sentir amor no significa quererte casar con esa persona, ni siquiera querer estar con ella; hablamos “solo” de energía, de conectar esos dos centros energéticos tan poderosos: el sexual con el corazón. También he tenido alguno de peli de terror, y es que cuando olvido que el sexo para mí no es solo sexo, la vida me da una hostia guapa a modo recordatorio.

Adentrarnos en nuestra vulnerabilidad tiene premio. Aunque no es sencillo. Allí entramos sin los escudos que nos han protegido durante tanto tiempo y nos atraviesan nuestras heridas primarias con la misma intensidad de la primera vez. Pungentes.

Pero como decía mi yayo: “lo que escuece cura”. Cuando algo nos duele, nos tambalea y nos hace sentir pequeñas, tenemos una oportunidad inmejorable de sentir esa vulnerabilidad. De conocernos, de honrarnos y con ello abrirnos más al amor.

Así que tenemos mucho que agradecer a nuestros capullos.

PD: Puede que alguna más se haya topado con él en Barcelona. Esta vez no le he cambiado el nombre, pues era un fake. Pero curiosamente su no autenticidad me llevó a mí a poder ser más auténtica conmigo misma.

PD2: Al final, en cualquier relación, dure el tiempo que dure, si salimos conociéndonos y queriéndonos más, habrá valido la pena y la vida nos pasará de pantalla. Si no, nos tocará repetir. Todo se traduce en eso: amarte a ti para poder amar. Lo sabemos. Nos lo han dicho todas las personas iluminadas -que no iluminatis-, pero lo vemos tanto en los posts de Intagram que creo que ya hemos desconsiderado la importancia. Se ha quedado solo en un mantra que parece si repites mucho te hará magia. 

A veces también nos gusta ser las malotas de la clase, aunque todas sabemos que repetir no mola nada. Espabilemos y aprovechemos el tiempo. El truco lo sabemos. Pidamos ayuda si la necesitamos y avanti. A ver qué nos depara la siguiente pantalla. Y la siguiente, y la siguiente. La vida nunca nos dejará de retar hasta que petemos de amor.

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