Sincronicidades

Esto va de sincronías. Casualidades para algunas. Causalidades para otras.

Como sabéis, me encanta hacer baile libre: Ecstatic Dance.

Un viernes vino un monje de Amma a dar una charla muy cerca de mi casa. Era un monje muy divertido, que sabía se alegraría de volver a verme después de tanto tiempo fuera de esa onda.

No acabé la charla porque quería ir a bailar. Estaba al lado una cosa de la otra. Así que, aún con una sensación celestial, entré por la puerta del baile y me fijé en un chico muy atractivo. Nos miramos y me fui a los lavabos a cambiarme.

Al subir arriba a pagar, él estaba en la cola, hablando con la que supuse su amiga y, al girarse y verme, se quedó anonadado.  Tanto que no fue capaz de seguir la conversación. Se quedó mudo al verme. Nadie nunca me había mirado así. Y dudo, lo vuelvan a hacer.

A mí se me rió todo por dentro y con esa alegría inesperada inicié mi sesión de baile. Normalmente voy a mi bola sin mirar casi a la gente de mi alrededor, pero esta vez, pese a que estaba muy conectada conmigo misma, sabía en cada momento dónde de la sala se encontraba él.

No nos dejamos de mirar en toda la sesión. Podía sentir su mirada en mi cuello, en mi ombligo, en mis nalgas.

Disfruté al máximo las tres horas de música para entrar en trance.

Cuando el ritmo ya se fue tranquilizando para el cierre, él me vino a buscar y se puso a mi lado.

Moría de vergüenza.

Cabizbaja miraba cómo nuestros cuerpos se contoneaban en una danza tan mágica como puta, porque era tan sincronizada que nuestra piel no alcanzaba a tocarse.

Deseaba con todo mi ser sentirlo; solo un roce me valía. Un roce que no llegaba y que me hacía tener el cuerpo en un estado de sensibilidad al límite. Al límite de nuestro perfecto compás que me llevó a desvanecerme. No podía aguantar más esa condensación de energía deseosa y caí de rodillas al suelo. Sintiéndome al instante acompañada por él, que también se puso de rodillas a mi lado.

¡Ay Dios! No estaba pasando nada pero estaba pasando todo. Los pelos como escarpias y purpurina por las venas.

Le miraba el torso desnudo con un tatuaje de Buda en las costillas, pero no era capaz de mirarle a los ojos, a lo máximo que podía llegar era a su barbilla, a su boca.

Tenía todo el cuerpo erotizado.

Él no me tocaba. Ni siquiera me rozó. Pero el deseo y la presencia me hicieron de todo.

Al final, me tiré al suelo en posición fetal. Con una sonrisa escandalosa y la idea de que me iba  a abrazar. Pero no. Acabó la sesión y se fue para la otra parte de la sala. Mi intuición lo sintió como avergonzado. No sé.

Antes de irme le di un abrazo y las gracias. 

¿Qué había sido eso, por Dios? ¿Quién era ese hombre? 

Necesitaba más de aquello y lo busqué en redes. Hasta que finalmente lo encontré.

Le escribí y nunca contestó. Después me di cuenta de que tenía pareja y me olvidé de él.

En un principio aquí acababa la historia.

Pero no.

Justamente la primera noche que pasé con “mi” madurito sexy. La primera vez en años que siento que me estoy pillando de verdad y que esto va en serio. Justo esa noche que sentí ese vértigo que ya no recordaba, a las cuatro y media de la mañana me escribe este chico y me manda unas estrellitas.

Así, como quien no quiere la cosa. El emoji de la magia. Dos años después de nuestro encuentro. Justo en ese momento.

¡Qué cachonda la vida!

Sin duda me estaba abriendo al amor. Y las estrellas tomaban nota.

Pues a mi parecer, estas estrellitas me venían a susurrar mis principios espirituales tras la montaña rusa de las últimas semanas. Para que no me perdiera. Para que no me cerrara. Para que siguiera confiando en mí, en mi sexualidad sagrada y en el plan cósmico donde todo ocurre siempre en su justo momento.

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