Madurito sexy

Hoy os cuento la historia con el segundo Tinderboy

Se trataba de un madurito sexy, padre de dos hijos, divertido, fogoso…

Una mañana me puse a hablar con él y me caló. De una manera extraña, pues me vinieron un montón de miedos y de inseguridades. La mujer empoderada y pibonéxica se dio un sustito. Recordé que en el retiro de tantra, Elma Roura nos habló de ello, que solo cuando un tío te mola a saco y te remueve los cimientos puedes saber si estos son sólidos. Y es que lo veía tan tan atractivo que me achiqué, o fue una intuición a modo de tráiler de lo que pasaría o lo que tenía que aprender. No lo sé.

Después de ese día de conexión noté un cambio; contestaba con monosílabos.  Me dijo que no era de conversaciones eternas y le di mi teléfono para quedar, pero no hubo respuesta, y pasados tres días borré la conversación creyendo que se perdería el contacto porque no se lo habría grabado.

Pero sí lo hizo. Me escribió nada más y nada menos que diecinueve días después. 

Lo cierto es que justamente el PePe me reforzó tanto la autoestima que cuando el madurito sexy se dignó a entrar en escena, esa sensación de empequeñecimiento había desaparecido de mí. Además tampoco acababa de fluir la cosa vía Whatssap y cometí el error de siempre: “bueno, seguro que folla bien”; palante como los burricos.

La verdad que en el face to face la cosa sí fluyo. Nuestra primera cita en un parque secreto fue genial. Cuando me dejó en casa me acerqué a darle un beso a la mejilla pero acabó en la boca. Al instante me entró un fuego que me hizo salir del vehículo escopeteá. Acto seguido tenía un audio de él diciéndome que qué había sido ese beso tan fugaz,  que no me había podido ni catar. Que necesitaba hacerlo.

Quedamos a los dos días y me llevó a un sitio romántico al exterior. Aunque había bastante gente, en el lugar formamos nuestro búnker particular y se nos pasaron las horas entre abrazos, caricias y risas. Él me dijo que no estaba acostumbrado a conectar así. La verdad es que fue una cita de diez. 

Y se formó la gozadera.

Él iba mostrando todas sus cartas, exponiéndome todos sus sentimientos. Y yo, que soy más de lo ambiguo, de una de cal y otra de arena, no tenía más remedio que ir sacando las mías también. Porque también me gustaba mucho. 

Pero faltaba por descubrir una faceta importante. La sexual. La verdad que confiaba al cien en que iría bien. Pero siempre da un poco de respeto. Él me decía que me haría el amor, que tenía sentimientos por mí, lo cual a mí me encantaba, aunque mis amigas se burlaban de mí en plan “tía, primero que te empotre”. 

La tercera cita fue de día. Era la megacita, como él decía. Nos íbamos a conocer más profundamente. Quedamos para el vermut y luego fuimos a su casa a comer. Pero antes pusimos los fuegos artificiales un rato. Todo bien. Muy bien. No llegaba a mi nivel top de sentir, pero estaba muy contenta, la verdad. Según él se quedó flotando. Con una sonrisa de oreja a oreja que le hacía parecer gilipollas.

Cuarta cita en su casa. Pasamos la tarde. Cenamos y fuimos a dormir. Con sexo de entremedias of course. Aquí yo sentí por primera vez la vulnerabilidad de estar abriéndome de verdad. Pasé del voy a disfrutarlo lo que dure al no quiero que se acabe. Me asusté. No me gustó. Pero lo acabé aceptando y trascendiendo.

Trascendente también creo que fue la conversación de esa noche y lo que las estrellas movieron. Ya os contaré.

Quinta cita y última. Le dije de venir a mi casa esta vez y que se quedara a dormir si quería. Me dijo que si yo estaba cómoda, él lo que quería era pasar el máximo tiempo conmigo. All right.

Pasamos la tarde hablando de varias cosas y nos metimos en la cama para gozarnos un poquito antes de cenar. Pero todo se tuerce en un pispás.

Después del sexo nos ponemos a hablar y yo no sé por qué presentía que la íbamos a tener, por eso le dije: ¿hoy es cuando nos enfadamos, verdad?

Tuvimos un desencuentro con un malentendido y después hablamos de prácticas sexuales que yo le dije que no había hecho nunca y él se escandalizó. Él, por el contrario, me habló de otras que sí había hecho o le gustaría hacer y me escandalicé yo.

Dramón de los buenos.

Se creó un ambiente horrendo.

Parecía que todo se iba a la mierda por un pasado y un futuro que acuchillaban nuestro presente mágico. A traición. Sin avisar. Pillándonos desnudos y en horizontal.

A la que me di cuenta de que se nos estaba yendo bastante de las manos la situación le dije de levantarnos a cenar. Cambiar de escenario. Hablar las cosas bien y darle la vuelta a la situación, que era cuanto menos surrealista.

¿En serio era un problema que yo no hubiera hecho equis en la cama? Cuando tampoco estaba 100% cerrada; ya le dije que no lo había hecho porque no se había dado (tampoco lo había necesitado). Pero él me dijo que si no lo había hecho ya no lo iba a hacer nunca. (¿holaaaa? tengo 37 años, me quedan muchos por follar y experimentar espero…)

También me dijo que se le había quedado mal cuerpo de imaginar todas las cosas que a él le habían dado tanto placer y que no podría hacer conmigo y que se iba. Que cuando se rayaba no sabía darle la vuelta y no iba a estar cómodo.

Como lo oís. Se piró. No sin antes enseñarme el pijama que llevaba en su maletín. 

“¿Ves?, yo me quería quedar”.

No entendí su justificación. También hizo alusión al aceite que me compró. 

“Mira te he comprado el más bueno, para que veas…”

Después sí lo entendí.

Que él fuera más abierto y experimentado en el sexo que yo no era el problema; no lo podía ser cuando el tío tenía agujetas de follarme. Cuando estaba encantado y solo quería repetir. Cuando ni siquiera me había puesto a cuatro patas aún. Era de locos.

El tema era otro. Y mi intuición llegaba donde la razón no. Esas ganas de buscar enfrentamiento que yo percibí, ese me voy por patas -no sin antes dejar claro que él se quería quedar-. Justamente esa justificación que no entendí en su momento me dio muchas pistas: él se quería quedar, sí, pero algo se lo impedía, y no tenía nada que ver con ese drama creado, sino más bien con los antecedentes que él me contó la noche anterior y posiblemente también con una frase que yo mencioné y a él le perturbó.

Os cuento. Esa noche anterior, donde yo sentí que me estaba enamorando de él, que me estaba abriendo a mi vulnerabilidad, pasaron cosas. Y hubo conversaciones que creo que son clave para el desenlace de la historia.

Él ya me había dicho que no había tenido ninguna relación -ni siquiera de unos meses, como yo- después de separarse hacía cinco años. Solo una relación tóxica de cuatro años a distancia. Pero esa noche me dijo que tenía un apego evasivo (no con estas palabras) pero sí que se alejaba de cualquier chica por la que empezaba a sentir. Me dijo también -esto palabras textuales- que había dejado muchos cadáveres por el camino. Yo estaba tranquila, pues había conseguido hacerme sentir muy especial para él.

Al filo de esa conversación le expliqué mi relación tóxica de seis meses con mi ex. Y le dije que fue muy loco porque pasé de conocerlo por una app, a bloquearlo por el móvil, a pensar que solo para sexo (a ver cuándo aprendo por Dios) y a los tres polvos quererme casar con él. Lo último le asustó. Estoy convencida. Porque a partir de ahí me hizo varios comentarios al respecto que yo creía que eran broma, pero ahora hilando creo que formaron parte de esa maraña emocional en la que se vio inmerso antes de huir.

Tampoco era cierto que me quisiera casar. Era una manera de hablar. Es verdad que el sexo con esa persona fue lo más espectacular que he vivido nunca (sin necesidad de hacer ciertas prácticas, sí). Me iba como a otra dimensión. Aparte que casi siempre acabábamos los dos a la vez en una culminación perfecta donde no faltaban alaridos de amor. No sé si esto lo voy a tener otra vez. Ajolá. Pero no me quiero aferrar. Quiero ser libre. Y con mi madurito ya me estaba bien. Era buen sexo para empezar y la cosa podía evolucionar no se sabe dónde. Bueno, ahora sí se sabe. A ninguna parte.

Me da mucha pena porque me parece un tío super auténtico, que me hacía reír a carcajada limpia, que me cuidaba, que estaba por mí hasta el punto de levantarse varias veces mientras comíamos para besarme, porque hacía mucho rato que no lo hacía. Que me enviaba canciones cada día. Que me decía las mil cosas que le gustaban de mí, que me hacía sentir especial y se inventó un nombre ya en la segunda cita porque cariño o bonita no eran lo suficientemente especiales para mí.

Con todo, al final creo que he sido un cadáver más. Un cadáver al que le puso un nombre especial, pero un cadáver al fin y al cabo.

Y no es que sea malo, ni un cabrón, ni un cerdo, ni nada por el estilo. Es un tío genial. Solo que creo que no está emocionalmente disponible. Algo que me encantaba de él y que nunca le dije es cómo habla de la gente. Cuando alguien habla de la gente con tanto amor y con ese brillo en los ojos es una persona que vale oro.

Solo creo que ese vértigo que me entró a mí le entró a él también y buscó una excusa para huir. Que no es ni consciente, que puede que no lo pueda ni ser. Creo que él querría, porque no creo me engañara en cuánto le gustaba, pero no puede y nisiquiera sabe porqué. Y yo lo respeto mucho. Pero no quiero que me mareen.

Ahora aparezco ahora desaparezco no, por favor.

Tampoco sé si estoy en lo cierto, solo hago caso de mi intuición.

Y solo así estoy en paz. Una paz que necesito en este momento de mi vida. No me quiero perder y es fácil. Si entro a empatizar más con él que conmigo la cagada es máxima.

Si me engancho a la mente y a los “tendría que ser más abierta”, “tendría que ser más comprensiva”…muerte súbita. 

Esto me lo recordó mi Leti en un momento de confusión mía y fue mano de santo, de verdad. Me ayudó a reubicarme y poner mi energía en mí. 

Toca cuidarse, queridas ❤

Tinder bye bye.

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