El PePe

En el artículo anterior os contaba por qué entraba en Tinder y qué andaba buscando.

Hoy voy a ir más a saco y os voy a hablar de mi primera cita.

Domingo 9:30h. Quedamos para desayunar en una cafetería muy cuqui, de estilo y precio neoyorquino.

Pese a que mi amigo me decía que no pegaba nada con un abogado de Passeig de Gràcia, a mí me parecía un tío interesante y divertido. Así que con los típicos nervios de la primera cita allí estaba yo, sentada frente a él con un té entre mis manos. Habiendo dormido dos putas horas gracias a mi querido insomnio.

Para nada era un pijo como pudiera parecer en un principio. Era un hombre hecho a sí mismo, luchador, ambicioso. No sé a vosotras, pero a mí eso me pone. Bastante.

También era guapo, decidido y su objetivo estaba claro: Yo. Tan tan a saco iba que cuando le hablaba de las travesuras de mi hija me soltó que era genial, que a él le encantaban los retos. Me atraganté con el té. Tuve que disimular muy mucho para no hacer esto…

Salimos a pasear una Barcelona con resaca de lluvia, porque resacas de fiestas ya pocas.

Tras mi noche comiendo techo estaba tan dispersa que no paré de hablar las cuatro horas que estuvimos. De todo un poco, pero sobre todo de autoconocimiento y espiritualidad. Un mundo totalmente desconocido para él. Pero le interesaba, me preguntaba e incluso me relacionaba cosas, haciendo notar un interés real. 

También le hablé de mi problema con el Loctite, de mi pretensión de ir despacio y conocerlo primero. Él me dijo que yo era una persona para tener cerca y que si al final en ese ir despacio se quedaba como amigo, con estar de alguna manera a mi lado, también le estaría bien.

Muy bonico.  Lo dejé con una carita…tal que así.

Mi amigo flipaba. “Tío que tocas, tío que enamoras”.

Yo también flipaba. Era guay, pero mi teoría del Loctite se iba a la mierda. ¡¡¡No nos dimos ni un beso!!! 

La noche siguiente le mandé una foto de mi tortilla de patatas y me dijo que ya la había visto por Insta. Rápidamente lo busqué y aluciné. Lo primero que vi fue una bandera de España que me dejó perpleja, aunque no lo suficiente para poder leer justo abajo que era Secretario General de un partido de derechas.

Me muero.

¿Qué broma del destino era esto? ¿En serio? ¿Esto me estaba pasando?

Pues parece que sí.

Como bien intuís, mi espontaneidad no me dejó disimular y el pobre chico, que empezó con humor diciéndome que todos teníamos defectos, acabó sintiéndose un poco mal, y yo disculpándome.

Como os podéis imaginar también, me costó dormir. Esta vez de la risa. De saber que el de allá arriba se lo estaba pasando teta conmigo.

Al día siguiente me escribió para darme los buenos días y algo más.

“¿Cómo vas de tu shock postraumático? He leído que el azúcar va bien y te estoy llevando unos dulces para que desayunes.

No way. Esto empezaba a ser de traca.

En un principio no quería bajar, pero después decidí hacerlo, hecha un cristo en honor al teletrabajo. Pensé que si el susto me lo llevé yo la noche anterior, hoy se lo llevaría él.

No lo voy a negar. Fue bonito. Mucho.

Después yo seguía metiéndome con su partido y él se cagaba en los putos croassantitos creyendo que me hubiera tenido que «dulcificar» con rosas. Pero lo cierto es que le encantaba que me metiera con su partido. Y el temita daba de sí.

Esto empezaba a parecerse un poco a 50 sombras ya. Pero sin follar.

Estaba estupefacta. Tanto que llamé a mi madre para contárselo y hacernos unas risas.

También lo expliqué en el trabajo y salieron detractores y defensores de una historia de amor sin prejuicios morales o políticos.

A nadie dejaba indiferente el tema. Y menos a mí. Pero era un tío muy inteligente y con mucho sentido del humor. No podía olvidarme sin más. 

Cierto es que si lo hubiera sabido de un principio no hubiese habido match. Ni primera cita. Ni nada. Pero ya era tarde y a mí me apetecía jugar. Quería saber más de él. Quería saber dónde me llevaba todo esto.

Si él no tenía problemas en que yo fuera así de libre y encima lo publicara, ¿por qué tenía yo que censurarlo a él? A fin de cuentas a mí ahora mismo me interesa lo mismo la política que el circo. Y todo lo que me podáis decir para hacerme cambiar de opinión ya lo sé, pues antes me la tomaba bastante a pecho. Así que cada cual que haga lo que considere sin comer ollas, please.

Además, a este hombre le encantaba mi blog y me quería ayudar a potenciarlo. Me animaba  a no dejar de escribir, sin estar pendiente de cuántos me leían, teniendo claro que cualquier día podía pasar algo maravilloso como que un guionista de Netflix lo leyera, le gustara y me propusiera hacer una serie. Wow. Ese era mi sueño secreto. Y eso eran muchos puntos para el secretario.

Pero todos los puntos del mundo dejan de puntuar si se deshacen en la piel.

Mi amigo lo sabía. “Ese chico no te gusta Laura. Quieres que te guste pero no te gusta”.

Puto cabrón. La clavó.

Él lo vio antes. Yo lo vi después. 

Al final la piel manda. Ella es la que sabe de la purpurina.

Y aquí no había. Había muchas cosas geniales. Pero la yonqui de la purpurina no se podía conformar. Y no lo hizo.

Debería tener premio eso,¿no creéis?

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