Duelo por Samantha

Como ya he dicho en alguna ocasión, he sido una abanderada del sexo en plan Samantha de Sex on the City. Me he sentido oprimida sexualmente por ser mujer y por ello creo que me pasé al otro extremo en esa rabia antimachista.

Ser Samantha molaba. Siempre tenía batallitas que contar porque follaba sin miramientos. O, mejor dicho: sin complicaciones pues tampoco es que me fuera a la cama con cualquiera. Pero era sexo por sexo, como los animalicos. De lo único que te tenías que preocupar era del preservativo y del placer. El mío básicamente.

Tampoco es que fuera un campo de amapolas idílico, pues cuantas más parejas sexuales, más cosas raras te encuentras. Eso es así. Y hay cosas graciosas a las que sacar punta entre cañas y otras que dices: tierra, trágame.

Y es que todo tiene sus pros y sus contras. Es ley.

El caso es que al convertirme en mamá, algo cambió en mí. Y, al igual que dejé de tener reglas hiperdolorosas, empecé a sentir amor al practicar sexo. Pero mucho. Cosa fina.

Esto fue una liada al separarme. Pues quedaba por Tinder para tener sexo y acababa ennoviándome hasta las cejas, ya que durante el acto se me escapaba “te amo”; y debía ser que yo me encontraba justamente a los pocos que no se cagaban y me querían presentar a su madre. Era raro, porque con otras que estaban enrollados no querían formalizar, pero conmigo sí, así que mi compi de curro me decía que yo ahí abajo tenía Loctite.

Puede que se me desbarajustara la oxitocina durante el parto, no lo sé, pero esa purpurina hacía que yo también perdiera un poco el norte en pro del amor o de las relaciones. Ese pegamento era de doble cara y de uso profesional.

Pensaba que me había quedado tarada. Ya no podía tener sexo por sexo, pues sentía amor. Me costó mucho aceptar que aquella Samantha, que tantas noches de gloria y tardes de risa me había regalado, había muerto en mí.

¿Y qué clase de mujer quedaba ahora? ¿Una enamoradiza facilona?

Me resultaba más fácil aceptarme como fácil para el sexo que como fácil para el amor. Y es que no quería abrazar mi vulnerabilidad.

Me costó pasta y horas de terapia. Pero fue genial.

Mi terapeuta me dijo claro que había evolucionado al conectar en los encuentros íntimos también la energía del corazón.  Y que tenía que hacer el duelo por Samantha.

Pasé de ver una tara a ver un regalo. 

Pasé de ver una limitación a una expansión.

Y ciertamente yo estaba mucho más satisfecha con mis encuentros sexuales al llevarlos  a este otro nivel que poco tenía que ver con lo meramente físico. Así que finalmente me despedí de Samantha con mucho gusto, agradeciéndola, viéndola sin su máscara como una mujer hambrienta de amor y a la vez aterrorizada por él. 

Y le pude dar ese amor que necesitaba para alquimizarla.

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