Al de la esencia de menta.

Alcoy año 2000. Instituto de Artes.

Como buena valenciana me gustaba mucho la fiesta, así que acabé queriendo dejar los estudios a fin de trabajar y tener más libertad y dinero para mis aficiones. Que yo dejara los estudios era para mi padre la mayor frustración proyectada conmigo, así que tragó de orgullo, que tambien tiene un saco, y me reorientó a las buenas para hacer Bachillerato artístico.

Allí empezaba de nuevo, en la cuidad vecina.

El primer día me fijé en él, por sus rastas (conocida quedó mi predilección). Era muy notas y vacilón, pero ciertamente monísimo.

En el patio nos juntábamos cada día y él siempre se metía conmigo. Un día dije que su hermano estaba tremendo y me dijo altivo que su hermano nunca se fijaría en alguien como yo. Me dolió en el alma.

Pensaba que era un imbécil de la vida pero una mañana los dos llegamos tarde a clase y como no nos dejaron entrar nos fuimos juntos  al bar. Allá vi a una persona totalmente diferente, amable, incluso dulce conmigo.

A partir de ese momento algo cambió, si bien es cierto que cuando estábamos en grupo se seguía comportando como un capullo conmigo, cuando estábamos solos cada vez me confundía más. Me llegó a regalar un día un frasquito de esencia de menta que utilizaba él mucho en sus dibujos. No fue el qué, fue el cómo.

Por cierto, él y su mejor amigo de la clase eran unos artistazos. Por ellos y por mi falta de confianza en mí, me decidí a estudiar trabajo social y no a continuar con Bellas Artes como la mayoría de mis compis. Ahora sé que aunque ellos fueran unos fenómenos no quitaba que yo también me pudiera ganar la vida bien con ello, pero mi mente de escasez pensaba que el pastel era demasiado pequeño para mí.

De repente, el chico de la esencia de menta desapareció. Dejó de venir a clase. Y parece ser que nuestros ratitos a solas no sólo habían sido importantes para mí, pues él me escribió un sms para quedar y explicarme su evanescencia.

Flipé. Una vida muy muy dura. Un niño que se había hecho a sí mismo como había podido. Allí, en su habitación lo vi vulnerable y una parte de mí no pudo evitar enamorarse un poquito.

No recuerdo ni que nos abrázaramos, aunque la situación se daba, pero sí recuerdo que en esos momentos llegó su ex, una chica que irradiaba belleza y simpatía a raudales, y que por casualidad conocía de la fiesta, aunque la suya era mucho más light.  Venía a consolarlo porque un episodio dramático había marcado un antes y un después en su vida. Y ella quería estar, pero él no le dio el espacio, pues parecía ser que ese espacio ya lo estaba ocupando yo.

Estuvimos mucho tiempo masajeándonos. Ninguno era capaz de dar el paso y poner las cartas sobre la mesa, así que nos gastábamos nuestro poco dinero en sms que daban a entender todo pero sin certificar nada.

A todo esto, él se cambió de casa y se vino a vivir a mi pueblo, solo, aunque si tenía la mayoría de edad era con suerte!

Un sábado quedamos para cenar en su casa. Recuerdo que mientras me daba un bañito en la bañera pensaba en qué modelito ponerme. Había llegado el día, íbamos a consumar! Así que me depilé, perfumé y “arregle” para la ocasión. Compramos una botella de Bourbon y algo de comer y fuimos a su casa. Pero no sucedió. Y me encantó.

Recuerdo subir la cuesta hacia mi casa con la sonrisa acentuada por las “cuatro rosas” pensando en lo bonito que era lo nuestro, que iba más allá de lo sexual.

Supongo por eso me confié demasiado y un día que estaba recogiendo aceitunas en mi casita me dijo que dejaba la casa y quería verme para despedirme. Yo, dada la confianza generada bajé hecha un cristo y justamente sucedió. No falla…cuando menos te lo esperas….Bueno, sucedió de aquella manera, porque él siempre me decía que tenerla muy grande era un problema y yo pensaba que era fanfarronería, pero no.

Así que con toda la confianza del mundo le dije que no podía más. A fin de cuentas yo no era virgen, pero casi y eso era too much para una novatilla.

Nos seguimos viendo y mensajeando pero lo nuestro no podía funcionar. No por su troncomóvil que estoy segura me hubiera amoldado pronto, sino porque él era de quedarse los findes en casa porreando y a mí la fiesta me perdía, literal. Rapero y Maquinera, nuestras tribus urbanas presionaban en oposición.

Han pasado ya más de veinte años pero aún lo recuerdo con gran cariño, pues me flipó ver esa conversión de joven capullo a niño herido. Me flipó ver cómo se tuvo que resolver él solito la vida. Me dio mucha pena que justamente él que era un puto crack tuviera que renunciar a sus estudios de arte.

También me flipó aquello tan mágico que se llegó a crear entre los dos en la intimidad. Aunque no lo supiéramos mantener, me caló, me caló bonito.

Solo decirle al que ya será un hombre, el hombre de la esencia de menta;

“deseo que la vida te haya dejado aflojar y conectar con ese niño tan hermoso que aquella tarde tus lágrimas me asomaron a ver”.

Foto de: Kat Jayne

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