El ego espiritual

De niña ya creía en la reencarnación sin haber escuchado aún la palabra. Recuerdo que por las noches pensaba cómo sería morirse y no lo podía entender, pues algo dentro de mí sabía que, justamente eso, nunca podría morir. 

También era muy devota. Tenía a Dios muy presente y hasta me hice monaguilla (os podéis reír).

Pero el ambiente de la Iglesia no me gustaba nada; desde pequeña tuve claro que si Dios existía estaba lejos de ese templo donde reina la hipocresía.

Recuerdo que en unos campamentos donde sonaba la música de Ska-P en mi walkman, una monitora me espetó  que si no creía en la Iglesia tampoco podía creer en Dios. Así que, llena de rabia y orgullo, le dije:

¡Pues no creo en Dios!

En ese momento pensé que me caería una piedra enorme del cielo y me mataría; pero no, así que me convertí en atea.

Años después descubrí el agnosticismo y me cambié del ateísmo. Creía en algo, nunca dejé de creer, pero no sabía bien en qué. Por desgracia, el Dios castigador que me vendieron en el catolicismo seguía haciendo mella en mí, en forma de juicios y limitaciones. A día de hoy aún sigo quitándome de ese hombre de barbas largas que se entretiene desde el cielo juzgando y castigando -ya no solo mis acciones ¡también mis pensamientos! ¡¡¡Qué horror!!!

¿Qué en qué creía? Pues en que tenía que haber algo más que le diera sentido al mundo, en que todo tenía que pasar por alguna razón. Es verdad que me cuesta entender que pasen tantas desgracias en el mundo, pero aún me cuesta más aceptar que todo esto es un sinsentido y no una partida de videojuego en la que debemos ir progresando para poder avanzar.

Cuando vine a Barcelona, descubrí un pub que se llama Plataforma (dile pub, dile antro). Y como de allá no salía,  me hice amiga del  camarero. Un día vino a casa a comer y trajo un libro con una señora negra, que me explicó era su guía espiritual. Esa mujer era Amma, una gurú de la India que pasa sus días abrazando a todo el mundo y tiene una ONG brutal. Justo hoy es su cumple y el de mi amiga Sonia, así que: ¡Felicidades desde aquí, con to my love! ❤

Curiosamente, de estar todos los fines de semana alcoholizada pasé a estar todos los findes meditando. El cambio fue bueno, pese a que mis amigas sufrían porque… creían me había metido en una secta. No es que así fuera, pero las entiendo. Dejé de comer carne y beber alcohol durante un año, meditaba una hora al día, hacía yoga y karma yoga o servicio desinteresado. Pensaba que haciendo todo esto algún día llegaría a la iluminación, pero me pasaba el puto día hablando del ego y juzgando; ¡sobre todo a mí! Pues…si hacer todo eso estaba muy bien, significaba que no hacerlo estaba muy mal, ¿no? Y la constancia nunca ha sido mi fuerte, así que había una lucha constante en mi cabeza, donde se suponía que debería haber paz y algodones de azúcar.

Este es el puto ego espiritual, creerte superior a los demás por hacer práctica espiritual. ¿Puede haber algo más contradictorio?

Por eso a la gran mayoría de maestros espirituales y a sus fans hay que dejarlos correr. Y eso que para mí, Amma realmente va más allá y me ha hecho vivir experiencias místicas muy muy potentes, pero casi todo su séquito no deja de ser más que un grupo de personas que se creen superiores por estar cerca de Ella.

Para mí, la espiritualidad verdadera va unida a la valentía de buscar tu propio camino por ti mismo, confiando que siempre llegarán ayudas puntuales a reorientarte cuando te pierdas y que esas pérdidas son también necesarias.

La espiritualidad es desprenderse de trajes y caretas, asumir tu responsabilidad y brillar con tu autenticidad.

Para mí la espiritualidad es aceptar tus luces y tus sombras con el máximo de amor y compasión posible.

Es dejar de juzgar para poder amar (puedes empezar por dentro o por fuera, una cosa lleva inevitablemente a la otra). 

Para mí la espiritualidad  no es ir a meditar a las montañas, sino poder escucharte entre el ruido.

La espiritualidad es saber que no necesitas hacer nada, solo ser.

La espiritualidad se vive, se intuye, se practica y se rehace.

La espiritualidad se esfuma con el dogmatismo.

Es la liberación del juicio y de la culpa. De la puta culpa con la que cargamos tras años y años de religión intravenosa.

La espiritualidad es humor, es reírse –sobre todo- de tu sombra; es reírse hasta doler.

LA ESPIRITUALIDAD NO ES EL QUÉ SINO EL CÓMO

La espiritualidad somos tú y yo. Como maestros. Como uno.

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