La puta Laura

Os voy a contar una historia sobre tíos que marcamos sin saberlo.

Viernes por la tarde. Barrio de Gracia. Año 2009. Quedo con unas amigas de la terreta en un bar especial de mi barrio de Barcelona preferido. Estas amigas eran de las que no te podías juntar mucho porque siempre se liaba la troca. Eso sí, risas y historietas aseguradas. Ese bar era para mí un lugar especial porque justamente con ellas me pasó otra historia muy divertida allá, otro día os la cuento porque ciertamente lo merece.

El tema es que entre cañas, estábamos hablando de cosas feas que hablan las mujeres de vez en cuando, como tamaños de penes. Sí, esas cosas pasan, so sorry!

Total, que llegamos a lo típico de que los asiáticos la tenían pequeña y yo dije que me había liado con uno. Fue decir su nacionalidad y que era de la uni y escuché al instante:

— La puta Laura! Tú eras la puta Laura!!! Joder, la puta Laura eras tú !! Qué fuerte!!!

— Perdona??? (yo flipando claro)

Resulta que la mejor amiga de ella estaba enamorada de este tío y él le había hablado de mí a ella, no entiendo por qué, pero ella y su amiga (que ahora en Barcelona era amiga mía) me rajaban a morir, entiendo yo, por el apodo que me pusieron.

Se me quedó una cara de tonta espectacular  ¿La puta Laura era yo??? Por los datos que cotejamos no había duda, pero…¿tanto se había colado de mí aquel hombre???

Os cuento. En la uni hacíamos paellas cada dos por tres, eran fiestas “diurnas”, fiestones para much@s. En una de estas me perdí de mi grupo volviendo a casa y lo vi. Era moreno, fibrado, con rastas…con lo fan que era yo de las rastas en aquel entonces! (Y mi Leti también!)

No sé cómo, nos pusimos a hablar y me acompañó a casa, bueno al portal. Estuvimos un buen rato hablando. Él me miraba como si hubiera visto a la virgen y me decía que era perfecta cual sus gustos;  bajita, morena, pelo rizado y muy delgada. Hago un apunte, muy delgada es muy  muy delgada, usaba la talla 32 y lo pasaba fatal porque intentaba engordar y no podía, incluso me tomaba unas pastillas para engordar que se llamaban Mosegor…Horrible. No estaba a gusto con mi cuerpo. Es verdad que tenía mis curvitas, pero yo quería engordar y no podía. Con esto quiero dejar claro que las flacas también sufrimos. Hasta que nos empoderamos y nos amamos tal cual, como cualquier modelo o curvy girl. Estamos todas en el mismo barco.

Aunque para mí no,  para él era perfecta y el brillo de sus ojos  así lo sentenciaba.

Después de ahí, creo que quedamos dos veces, una para tomar una cerveza (que recuerdo no lo dejaban entrar al bar porque él quería ir sin camiseta mostrando al mundo su tableta de chocolate) y otra que me hizo una visita nocturna de media hora. Treinta minutos que no dieron para validar demasiado la teoría de los asiáticos, pero sí para meterme los dedos hasta el diafragma y llenar todo de sangre.

Mi amigo Pabli que vino a por mí al día siguiente para ir a clase flipó pobre:

— Chiquilla, pero qué ha pasado aquí???

— Pabli, que vino el “x” y yo creo que iba colocado y fue un poco a saco

— Pero estás bien? Te ha roto algo?

— El himen no creo! Estoy bien en serio, debió ser una uña que me raspó un poco. Pero todo bien.

Yo no sentí dolor y todo que raro, no fue desagradable el encuentro. Qué por qué no lo limpié antes? Eso mismo pienso yo! Pero éramos jóvenes, yo qué sé!

Mi Pabli! con lo tiernecico que estaba cuando lo conocimos, que pensaba que las mujeres no nos masturbábamos (bueno algo sí, pero muy poquito, nada que ver con ellos). Fuimos su revelación. Se sacó una carrera y un máster en mujeres modernas a la vez.

Siguiendo con la historia del asiático, recuerdo que también una tarde fui a su piso y estuvimos hablando; sobre nuestras carreras, sobre la vida,  sobre las drogas, pero poco más.

Juraría que no lo vi más. Algún que otro sms. Yo tenía claro que no me interesaba por la vida que llevaba, la conocía bastante bien y no lo quería revivir. Pero  cierto es que no recuerdo que fuera pesado conmigo, ni que acabáramos mal. Esas cosas me hacen sentir un poco mal, y lo recordaría. De hecho una vez lo llamé porque estaba en el Bora Bora de Ibiza sola y era la única persona serena del local, entiendo que lo llamé a él justamente para que me incitara al despiporre,  pero no lo hizo y le hice caso.

¿Qué por qué estaba sola en  Ibiza? Porque la noche de mi graduación conocí a un chico de allí que me invitó a ir con mis amigos a su isla, pero mis amigos se rajaron y acabé yendo yo, sola. Sin pensar que seguramente el chico quería tema conmigo, desde mi inocente alma cándida.

Pero evidentemente quería liarse conmigo;  me invitó a los mejores restaurantes, me regaló un perfume y cuando intentó besarme, le dije con todo mi papo que había conocido a un argentino que me gustaba mucho y que no quería liarme con nadie más. Y tan pancha. Era cierto lo del argentino y evidentemente el ibicenco no me ponía, pero no por mi negativa me dejó tirada en el Bora Bora! Estaba sola porque tanto él como sus amigos curraban mil y  había momentos que me quedaba sola disfrutando de la Vila. Pese a que hubiera podido ser bastante dramática la historia, no lo fue y mantuvimos la amistad un tiempo.

Y retomando nuestro tema…. con un encuentro, dos quedadas y un dedo sangriento,  el rastafari parece que se prendó de mí sin yo saberlo. Y una chica que estaba colada por él se puso celosa de mí y me llamaba puta.

Qué coño le diría de mí? Por qué esa adoración a mi cuerpo? Tal vez le recordaba a alguien? Cómo podía ser que le marcara tanto para hablarle a su follamiga especial de mí? Y cómo podía ser que yo no me empanara de la historia? Me habría olvidado de algo importante? Cuántos hombres habremos marcado sin saberlo?

Un sinfín de preguntas que vinieron a mi mente después de partirme de la risa tras que me llamaran puta.

Y es que es muy feo que te llamen puta, sí, pero esta vez me encantó. Tanto que no puedo evitar recordarlo sin apostar la sonrisa en mis labios.

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