Mi hija viene de la India

Así es. No es que fuera adoptada, ni que su padre tenga nada que ver con ese país, pero yo sí un poco.

Mucha gente dice que en la India se respira espiritualidad; y a mí me costaba de ver, la verdad. La pobreza extrema y los malos tratos a mujeres y animales me impedían dotar in situ de esta super cualidad al país. Sobre todo cuando nos manoseaban nuestras partes íntimas por el mero hecho de ir “solas”. Ascazo, impotencia y rabia.

Aun así, puedo asegurar que la India es mágica. Por eso la mayoría de gurús nacen allí. Bueno, por eso y porqué allá les ponen fruta y flores y aquí coronas de espino.

Y de esa magia vino Arlet.

Ya estuve un verano en un Ashram del Sur de la India con Amma, pero esta vez quería visitar el país. Mi plan era hacer ruta por el norte con mi amiga Olga y después hacer ruta sola por el sur. No era la primera vez que viajaba sola por otro charco. Pero mientras visitábamos el Taj Mahal me llamó mi amiga Nicole, que había roto con su pareja y se había comprado unos billetes para venir.  Me sentí suertuda, pues había viajado mucho con ella y sabía que era un planazo. Lo que no me esperaba es que fuera tan… maravilla pura.

Después de mi aventura intensa por Rajastán, donde a Olga le convalidaron Relaciones Internacionales y un MBA de negociadora, me encontré con Nicole en Bangalore. Pero no puedo despedir el norte sin hacer mención especial a Rishikesh, adorable. Para celebrar que era la capital mundial del yoga, decidimos tomar una clase privada de esta disciplina, y resultó que el profe estaba de toma pan y moja. Casi muero después de la clase; no de amor ni de agujetas… ¡Sino de aguantarme las ventosidades delante de aquel hombre! Un dolor que me hizo sudar frío y ver la muerte de cerca. Como dicen en mi pueblo:¡A ningú que li passe!

Ya en Bangalore, a Nicole y a mí nos costó bastante encontrar dónde hospedarnos, pero, una vez conseguido, descansamos un poco y nos pusimos en marcha para visitar la ciudad y ponernos al día de nuestras cosas.

El Monzón nos obligó a refugiarnos en una tienda. Allí escuchamos nuestro idioma y vimos un grupo de catalanes empapados que nos reconocían como paisanas.

Nos invitaron a ir de fiesta con ellos, pues la mayoría acababan al día siguiente su aventura por aquel país que no deja indiferente a nadie. Fuimos a cenar a una hamburguesería yanqui y después nos llevaron a un fiestón en un hotel de lujo donde las tías parecían modelos con sus cuerpos esculturales y sus mini trapitos. Ideal teniendo en cuenta mis pintas de vender romero en mi intento de amoldarme al país.

Esa injusticia en los outfits no impidió que lo pasáramos genial, ni que la magia empezara a hacer acto de presencia. Curiosamente, de todo el grupo, los dos que se quedaban eran el que le gustaba a mi amiga y el que me tiraba la caña a mí.

A este último lo llamaremos Pollo (lo llamamos así por una broma de allá). El Pollo, entre canciones de reguetón, nos preguntaba los planes que teníamos, y sinceramente no teníamos ningún plan, así que nos pareció súper buena idea acoplarnos con ellos para visitar la Fundación Vicente Ferrer. Pero se necesitaba reserva y no la teníamos. Entonces justo conocimos allí a dos “nines mallorquines”  que trabajaban en la Vicente Ferrer y nos cedían su habitación, pues ellas se acababan de alquilar una casa en las afueras del pueblo para alejarse un poco de los que se flipaban en su papel de salvadores.

Total, que evidentemente allá que fuimos. Pero se me olvidó contaros la siguiente super “casualidad”:y es que, cuando acabó la fiesta y nos dispusimos a ir al hotel, resultó que ¡¡¡estábamos alojados en el mismo hotel!!! Suerte, porque me salvaron del ataque de un perro sarnoso. (No he visto perros más desgraciaícos que allí; parecían hienas, ¡angelicos míos!).

En la Fundación Vicente Ferrer estuvimos unos días y nos trataron como si estuviéramos en casa. El amigo del Pollo se puso malo y se quedó allí con un sequito de mujeres encantadas de cuidarle.

Nicole, Pollo y yo emprendimos camino a Hampi. Nos encantó. Para mí, después del duro Rajastán, era el puto cielo; una calma, una amabilidad…

Y allí sucedió algo extraño. Le tenía dicho a mi amiga que no me dejara sola con él, para evitar posibles insinuaciones, pues en un principio -como se suele decir-, no era mi tipo (odio cuando lo dicen en la tele, pero es que era así y es lo curioso del tema).

Acabamos de comer en un sitio precioso, a lado del río, y Nicole dijo que quería ir a echarse la siesta y que si me iba con ella. Yo le dije que no,  y me quedé con Pollo hablando de muchas cosas; entre otras, de amor. No sé si fue por eso o por qué, pero ciertamente algo cambió. No tengo ni flowers de cómo sucedió, pero volvimos a casa cogidos de la mano y estuvimos tres días cogidos de la mano.  Caricias, mimos, algunos besos tiernos y “POCO” más. Acarameladamente extraño.

Cuando se fue para Barcelona yo me quedé como anestesiada; estuve dos días con el sueño dulce. No es que estuviera triste, más bien estaba flipando con todo, no entendía nada y mi cuerpo solo quería dormir.  

Siento deciros que nuestra historia no pudo ser por varios motivos, pero siempre fuimos muy sinceros el uno con el otro y eso nos llevó a mantener la amistad.

Así pues, en su fiesta de cumpleaños, él se fue con una y yo conocí al padre de mi hija.

Al día siguiente del fiestón yo hacía una actuación de teatro y Pollo tenía que venir a verme, pero no vino. Quien vino fue el padre de mi hija, que lo llamaremos el padrísimo para acortar.

Salvé la actuación como pude con una pedazo de resaca y unas arcadas entre bambalinas…

Al acabar la función fui a saludarlo y alguien me dijo:

¿Eres Laura?

Sí…

¡Pues espérate aquí que han ido a buscarte!

¿Os podéis creer que eran una pareja que conocimos en la Vicente Ferrer? Ellos fliparon al verme actuar, pero yo flipé más por toda la magia que envuelve mi historia con Pollo.

Pero el Pollo no estaba, y el padrísimo lo hizo realmente bien para cautivarme. Además era atractivo, inteligente, buena persona y muy culto. 

Sin frenos.

Cuando no hacía ni una semana que nos conocíamos, estaba metiéndose en el bolsillo a toda mi familia en una comida familiar. Yo me iba en breve a Dublín unos meses y se animó a acompañarme a despedirme y llevar algunos trastos en el coche. 

A los seis meses, cuando volví de Dublín, nos fuimos a vivir juntos y, después del año de convivencia, quitamos barreras para ser padres. Arlet vino a todo correr desde Hampi. Pues allá algo me abrió al amor y ella fue el desenlace de esa energía tan dichosa.

Foto real : 25.10.2013

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